Personal projects

One of the major personal projects that I keep working in whenever I have spare time is a journalistic report about the spanish female painter, María Pilar Burges. Blogging wise, I had my own WP blog where I posted recommendations about books or movies. Currently I enjoy writing about my trips by combining a Instagram caption format and a curated selection of my own photos. It is available to read and see in @theblackdingo_

 

 

La alquimia literaria de Eduard Márquez

 

Young model with beanie

Written by Alex Bascuas.

¿Qué pasaría si a una novela pseudo-autobiográfica en la que el protagonista vive temas tan intensos y dispares como la vida y muerte de seres queridos, la traición afectiva y el perdón, el amor y desamor, el carpe diem de juventud, la desfragmentación familiar o el abuso sexual, le quitas la linealidad narrativa, las acotaciones, las descripciones largas o el nominalismo del protagonista? Podrían ocurrir dos cosas: la primera, que se convirtiera en un experimento fallido que se perdiese entre probetas; la segunda, que fuese una de esas excepciones que funcionase gracias a la calidad de los ingredientes y a la meticulosidad del procedimiento. Después de leer El último día antes de mañana podemos estar seguros de que Márquez, en su laboratorio, acabó gritando: ¡Eureka!, Y nosotros, al leerlo, escuchamos alto y claro ese eco.

Contado en primera persona por un narrador-protagonista, nos vamos adentrando en lo más intimo de una vida intensa y dura, en ocasiones desgarradora, cuyos vaivenes emocionales nos recuerdan la parte más oscura de la condición humana -aquello de Homo homini lupus est-.  Narrado sin miramientos, sin temas tabú ni envoltorios de colores. ¿Es duro? Sí. ¿Excesivo? No. Al menos no es lo que pretende.

 

MARQUEZ, Eduard El último día antes de mañana, Alianza Editorial, 2011, 160 pág.

MARQUEZ, Eduard El último día antes de mañana, Alianza Editorial, 2011, 160 pág.

 El relato, iniciado con la muerte de su hija, va atravesando los claroscuros de las diferentes etapas vitales del protagonista–que se inician en el tardofranquismo y acaban en la democracia- dejando atrás una inocencia cada vez más corrompida gracias a personajes claves como el de su mejor amigo Roberto, alejado de vergüenzas y convencionalismos, o el de la impredecible y ciclotímica Francesca, un auténtico volcán con curvas. Este trío –a la postre elemento catalizador y catártico- tiene mucho de aquellos Paradise, Moriarty y Marylou con su inconformista e irreverente espíritu de juventud llevado al límite, con la diferencia de que los viajes no van más allá de la costa brava. Esta maraña de contingencias vitales, intensas y a veces tangenciales, determinará la identidad de un protagonista que irá dirimiendo como mejor pueda los dilemas encontrados, bien expiándose de culpa, bien atormentándose por ella.

Tales dilemas no son únicos y genuinos, sí su forma episódica de contarlos. Y es que, no todos los días encontramos una estructura narrativa alejada de la habitual cronología lineal.

 

 

 

Bueno, miento, los hay y se pueden encontrar, la cosa es que funcionen. El último día antes de mañana lo hace. La historia la encontramos desfragmentada en pequeñas piezas intercaladas, a saber, infancia, adolescencia, juventud y madurez. El lector va viendo cómo se aclaran en la matraz esas pequeñas soluciones que tan enigmáticas parecían por separado. Sólo en ese momento de mezclado, se revela la complejidad de su esencia, que nace en su génesis al comenzar el relato.

Para su elaboración, el propio escritor reconoce haberse basado en experiencias autobiográficas como base, a las que ha añadido cierto contenido de ficción para acabar haciendo una trama muy trabajada con cinco años de borradores y esquemas. Esa enigmática y a la vez preciosa duda de no saber discernir las fronteras de uno y otro mundo –si es que las hay- se ve acentuada por la ya comentada ausencia de un protagonista nominal, al que paradójicamente, nos sentimos cada vez más próximo.

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La combinación de estructura y trama, se ve perfectamente aderezada con el estilo austero y de contención estilística que predica y ejecuta Márquez a la perfección, haciendo válido eso que decía Gracián de “lo bueno si breve dos veces bueno”. Son tan sólo 160 páginas, contadas en presente, cargadas de diálogos y verbos y descargadas de sobre-adjetivaciones y pausas reflexivas, creando un efecto contradictorio: un relato ligero, liviano y con mucho ritmo pero que tiene una densidad de significado inmensa.

El último día antes de mañana es un experimento redondo en el que su autor se acerca a una alquimia literaria al alcance de pocos. En materia audiovisual y salvando las distancias, Nolan lo hizo con Memento, aunque usando la amnesia como hilo conductor.

A todo aquel que busque un relato ácido, corrosivo y especialmente liviano en su lectura, es muy posible que este sea de su agrado.

 

 

El símbolo y la persona

Young model with beanie

Written by Alex Bascuas.

Picture source: The Mirror

 

Con motivo de la muerte de Erich Priebke, capitán del servicio de seguridad de las SS, en octubre de 2013:

 

La sombra del Holocausto es alargada. Tanto, que aún hoy, casi 70 años después, cada uno de los pequeños recovecos que se encuentran bajo el umbral del paradigma del horror moderno, son materia de polémica y debate. Lo último, ha sido el fallido funeral del ex – oficial nazi Erich Priebke debido a un estallido de protestas. Detrás de la cuestión de si su enterramiento debe ser competencia legal de Argentina, Alemania o Italia, está la cuestión de lo que significa como símbolo y como persona.

Priebke es otra encarnación más de la parte más inhumana del hombre. Esa, que le llevó secundar bajo órdenes de sus superiores la matanza de 335 personas en las Fosas Ardeatinas, por el asesinato previo de 33 soldados nazis. Y esa, que le ha hecho no arrepentirse de sus actos ni siquiera en su lecho de muerte, lo que probablemente hubiese rebajado la tensión postmortem. La cultura en torno al Holocausto ha facilitado sobremanera el reconocimiento de verdugos y culpables, etiquetándolos como el mal en sí mismo. Es esta etiqueta, aceptada, generalizada y de sobras justificada, la que imposibilita el hecho de que Priebke pueda ser mirado con otros ojos. Esa mirada crucificadora, que responde a la necesidad inculpatoria de un hecho tan horroroso que se vuelve inefable, es tan fuerte que convierte al sujeto en un elemento asociado a una marca que no es vitalicia, sino ultraterrenal, convirtiéndose así en símbolo de un tiempo digno de olvido.

 

 

 

Pero entonces surgen otro tipo de dudas, ¿dónde está la parte de Erich Priebke como persona? ¿Merece ser juzgado y tratado según dicta la normativa legal? ¿En que posición esta la sociedad, como persona jurídica, para negar su funeral y elegir su destino una vez muerto? ¿Es legitimo entonces hacer una valoración que repercuta allende su ciclo vital? Precisamente en vida, Priebke ha tenido un momento de condena y castigo –de mayor o menor grado- que ha durado hasta su muerte. Es decir, de acuerdo a la ley, ese fue el momento de rendir cuentas, ser juzgado y cumplir penitencia. A pesar de ello, para la opinión pública es imposible desvestirlo de significado aunque haya cumplido su condena o haya muerto por ser otro de esos casos tristemente especiales en la historia.

La solución no es sencilla ya que hay demasiadas aristas en este problema (culturales, sociales, legales, religiosas…) que hacen imposible llegar a un quórum que resulte integrador. Por eso mismo se optará por enterrar a Priebke en secreto para evitar más problemas. Es quizás una forma de disociar el símbolo y la persona.

 

El Tirachinas

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Written by Alex Bascuas.

A sample from the first chapter of the report about M.P.Burges

–Fernando, voy a ir a por garbanzos. ¿Me acompaña?

–Sí, espere un momento que cierro la portería y vamos. ¿Dónde quiere comprarlos?


–Aquí al lado, en una tiendecita que hay detrás del Teatro Principal. Tienen de todo y a buen precio.

–¿Y no le parece mejor idea ir al supermercado y comprarlos en conserva? Así ya los tiene preparados.

 

El razonamiento del portero era un canto a la lógica. A la Burges le flaqueaban las fuerzas y las pocas que tenía no las iba a gastar en ponerse el delantal más de lo necesario. De hecho, hace escasos meses se había dado de alta en el servicio de comida a domicilio que el Ayuntamiento ofrecía para personas mayores. Qué mejor entonces que comprar la comida casi lista, pensó el portero, sin imaginarse las intenciones que tenía la pintora.

 

–¿Quién ha dicho que me los quiera comer?- dijo con la sonrisa a medias.

Fernando enmudeció. Conociéndola, el motivo podía ser totalmente impredecible.

–Tranquilo, cuando volvamos lo entenderás.

 

Al llegar a la tienda, la Burges se quedó mirando por unos segundos el saco gigante de garbanzos apoyado en el suelo. Mientras se recolocaba las gafas, iba haciendo sus propios cálculos mentales.

 

–Me dará tres puñados de garbanzos. ¡Espere, no!… mejor cuatro, por si acaso.

–¿Para cuántas personas sería? –preguntó el tendero al ver las dudas de su clienta.


–Ninguna en concreto. No los quiero para comer. Es para un experimento.

El hombre, arqueando las cejas, se limitó a darle los garbanzos y desearle buen día.

 

Una vez conseguidas las provisiones, la Burges y Fernando volvieron a paso lento hacia Plaza de España, ese manantial del que brotan los ríos de asfalto y piedra de la Zaragoza más céntrica. Allí, en el centro del epicentro, vivía la Burges.

Con los años, los ciento treinta y ocho escalones que separaban su cuarto piso de la calle se iban haciendo cada vez más altos hasta convertirse en un verdadero Anglirú de losas y esfuerzos. No había día en que no echara de menos el ascensor,  sobre todo porque funcionaba,  pero una ley de 1990 puso punto y final a su andadura por no estar el hueco de la escalera totalmente recubierto. Fue entonces cuando la Burges se quedó sin él y Zaragoza sin su segundo ascensor, un bonito ejemplar con cabina de madera y asiento de terciopelo rojo. “¡Es un auténtico Schneider!”, solía decir orgullosa alzando el índice. A cambio, empezaron a aparecer una ringlera de sillas en cada una de las plantas como si fueran áreas de descanso obligado.

 

Aquel día Fernando esperaba de pie en la segunda planta–como tantas veces- a que la pintora volviera a oxigenarse para poder atacar la cima.  Con más de 70 primaveras, a la Burges no le quedaba otro remedio que valerse del pasamanos y del apoyo del portero para vencer el pulso a los peldaños.

Una vez arriba, con la respiración entrecortada, le entraron las prisas. Abrió la puerta del piso, atravesó el pasillo en dirección al comedor y allí giró la manivela de la ventana asomando la cabeza a un lado y otro cual suricato en alerta.

Ésta vez no era para mirar el trasiego del Paseo Independencia. Dos metros más abajo, sobre el faldón del tejado aledaño, estaban las causantes de todo aquello: una bandada de palomas.

(The chapter continues but this sample ends here. If you want to read more, email me)

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